La casa

junio 27, 2009 at 4:43 pm Deja un comentario

En el barrio africano

En el barrio africano

LA CASA

Desde que vivo sola, siempre he conservado las cajas para la próxima mudanza. Pocas veces imagino ya que algún día encuentre la casa donde quiera o pueda quedarme.

En la adolescencia mi futuro empezaba con un cambio de residencia: alquilaría un piso antiguo de techos altos con estuco en el centro de Madrid, cerca de Ópera o de la Latina. Allí tendría varias mesas rebosantes de papeles, una máquina de escribir negra y, por las noches, cuando refrescara un poco, teclearía relatos breves y guiones de cine.

No era un meta tan lejana. Vivíamos en Carabanchel Bajo. Sólo se tardaba 20 minutos en metro. Tenía que ser posible entrar en ese mundo.

A veces estuve a punto, no es que no lo intentara. Mis condiciones, sin embargo, siempre fueron mucho más precarias que en las películas aquellas, tan ingenuas, de nueva comedia madrileña. Presentaban una España incipiente en la que suponíamos que íbamos a poder vivir. Los espacios muy pequeños, el dinero para el alquiler se conseguía haciendo milagros, comprábamos cajas de fruta y verdura a bajo precio en el Mercado de la Cebada los viernes a última hora para poder alimentarnos durante la semana. Y sólo podía escribir en la terraza cuando atardecía. En la buhardilla casi no cabíamos, y las paredes las recalentaba el maravilloso sol de nuestro país que tanto gusta a los turistas. Además, de vez en cuando teníamos algún refugiado de los desastres familiares con el que compartíamos lo poco que nos quedaba.

Mis padres ya se habían marchado a San Ignacio de Loyola, que  no era barrio, sino una zona residencial con pisos casi iguales en calles que no cambian de nombre y donde yo siempre tuve problemas para orientarme.

Cuánto empeño por marcharnos de Carabanchel en esos años 80 de „la movida“ y del „cambio“.

No sé que me ocurrió en  Madrid, que no conseguí superar esa distancia de 20 minutos entre mis orígenes y mis sueños.

En el Berlín todavía dividido por el muro alquilé mi piso antiguo de techos altos con estuco y una preciosa estufa de cerámica. Tenía que transportar carbón para calentarla y me inventé una ducha con cuatro elementos del mercadillo polaco porque  el piso del mil novecientos y poco no tenía baño. Allí escribí textos en alemán que se publicaron y otros en castellano que conoce muy poca gente. De todos modos, me sentía como si hubiera estado rodando por el mundo para llegar al punto de partida.Veinte años más tarde, ya en otra casa, sigo conservando una maleta debajo del escritorio y me imagino un nuevo cambio que nunca será el definitivo.

AGENCIA TESS

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